Yo no quería, por ejemplo, oír hablar de los psicólogos que consideraban a todo el mundo enfermo. A mí me parecían enfermos ellos, más enfermos que papá, profesor las veinticuatro horas del día. Esta gente tenía una visión muy particular. Cuando miraba a alguien, no veían más que su cerebro. Y el cerebro es un trozo de carne húmeda que decididamente no es más bello que otros trozos de carne, ni más limpio.
Yo tenía un poco de miedo de caer en sus manos, de que comprobaran el funcionamiento de mi cerebro una vez que el suicidio hubiera fracasado. En caso contrario, mi mayor temor concernía a mis amigos. Su piedad y su confunsión, pensaba siempre, sería difíciles de digerir por mi alma. Pero mi alma, ¿se merecía más atención que mi cuerpo? , ahora bien, mi abuela aseguraba que las almas son más ligeras que los cuerpos.
Ahora, flotando bajo este humo de incienso que da vértigo, me doy cuenta de que la abuela tiene razón, aunque la gente no lo quiera creer. Todos se pegan a la vida como las plumas del pájaro sin comprender la insignificacia de su peso. Aborrecen a quienes prefieren desembarcar, abandonar una vida que no poseen, saltar a un vacío que por lo menos dura. Los ausan de debilidad para probar su propia entereza. Se permiten juzgar a los muertos. Así, de una época a otra, hay muertes diferentes: pesadas o ligeras, heroicas o cobardes, valiosas o inútiles, virtuosas o inmorales.
La muerte se ha convertido en una cosa cualquiera a la que le atribuyen un precio que varía según su humor.
Ella se asombrará de mi acto. Aún recuerda sin duda mis miradas ansiosas y mi espalda encorvada en su presencia. Sacará a relucir mi falta de inteligencia y de carácter, pues a ella no se le ocurriría nunca cometer acto parecido. Las personas normales no pierden la cabeza. Se aferran a la vida, a cualquier tipo de vida. Cuando a veces se sienten agotadas por culpa de los demás y, sobre todo, por culpa de ellas mismas, ni siquiera lo dicen. Se esconden tras una sonrisa crispada. Cuando se ríen, sus carcajadas suenan a falso. Se qedan en la vida.
De todos modos, conservan las esperanzas incluso sabiendo que hoy nunca es mejor que ayer y que nada bueno tienen que esperar de mañana...
Todo el mundo está al corriente de esta pérdida. En lo sucesivo, cuando alguien hable de sus hijos, cerrará la boca. No adoptará un aire experimentado ni dirá: "Ya sabes que la educación familiar es importante. No disfrutará exponiendo ante los otros su experiencia de madre, las reglas que había establecido con el transcurso de los años y que aplicaba con rigor para enderezar mi naturaleza extraña. O, sencillamente, ya no se hablará de hijos delante de ella. La compadecerán. Dirán que sus métodos maternos quizá no sean indiscutibles.
No la escucharán.
Y todo por mi culpa...
¡YO HE DESTRUIDO SU GLORIA!
He declarado nula su capacidad, su punto fuerte. La he obligado a dimitir de su cargo de madre. La he aniquilado.
Después de todo, mi solución parece buena. Era neceario que yo la traicionara, con su voz de sirena y su frente de hierro. Nuestra relación carecía de esplendor. Éramos como una pareja anciana en la que todo se ha vuelto lánguido, previsible, deteriorado. Necesitábamos una separación brutal, un desgarramiento feroz para salir del abatimiento y volver a descubrirnos o abandonarnos definitivamente.
Todo ha salido como se esperaba. Ella llora inclinada sobre mi cuerpo marchito. Mi cara es del color del polvo. Ahora tiene que hacer frente a esta fastidiosa realidad.: no puede calcularlo ni arreglarlo todo a su gusto, y las cosas no salen siempre del mejor modo, ni por su culpa ni gracias a ella. Ya estoy fuera de su alcance. Me ha perdido.
Una carta no puede afectarla más. La cáscara de su cabeza no se abre a causa del remordimiento. Mi muerte basta por sí sola para probar que ella es inocente y yo más ingrata que nunca. He franqueado una frontera prohibida a los jóvenes. Mamá no quiere saber nada de la muerte, como tampoco quiere saber nada de los hombres que me gustan. Morir joven es violar las leyes divinas. Es más inmoral que mostrar las piernas.
--Quédate un poco más con nosotras-- me dice la abuela--. No soportamos ese silencio infinito con que sepultas los ruidos de tú alma. Es necesario que hables. Puedes maldecir a tu pobre madre, si lo prefieres, maldecir a todo el mundo y llenarme de injurias. ¡PERO HABLA! Descarga tu dolor sobre nuestra cabeza. Tú viaje será más fácil. Y nosotras no tendremos que consolarnos de otro modo...
--Habría preferido reemplazarla, irme antes que ella-- Murmuraba la abuela.
Mamá deja de sollozar. Reflexiona unos segundos y asiente con la cabeza. Percibo un movimiento en sus labiod. Oigo mal. Pero adivino sus plabras: "Sí, suegra, raramente tienes razón, pero estoy de acuerdo en ese punto..., deberías haberte ido antes que ella.
Trago aire y contengo la respieración para que me dé fuerzas. Me sumerjo. Quiero acercarme a mamá. También me gustaria poner la mano en su hombro inaccesible. Pero el humo me rechaza constantemente. En la frontera entre la vida y la muerte, este humo se comporta como un guardián implacable. El olor del incienso de sofoca, el humo me ciega. Entonces me doy cuenta de las concecuencias de mi acto. Estoy ya en el exilio. El regreso es imposible. Imposible, sólo sería un breve instante, con la sincera intención de tocar el hombro de mamá por última vez. Ya esta demasiado lejos, prisionera en esta sala desnuda, inclinada sobre ese cuerpo que quiere reconocer, que nunca ha reconocido.
Arrojan mi cuerpo sobre una camilla de ruedas, en medio de una sala blanca y sin ventanas. Sus movimientos son bruscos. Me tratan como a una criminal. Cuando mamá no está, no disimulan su asco.
En general respetan más a los ya muertos que a los todavía vivos, pues, convertidos en menos humanos y sobre todo en menos frágiles, los primeros pueden adquirir, de un día para otro, más inteligencia, más talento, más virtud, por tanto más valor. Pero es diferente en mi caso.
Practicar la virtud de la pasiencia. Esperar con sonrisa comprensiva.
Durante este tiempo, una araña ensancha su territorio en el techo y la gente acude a verme. Con el perfume del insienso se elevan susurros de curiosos y suspiros sinceros...
"Demasiado joven todavía.. -Dicen.
- y muy bonita, además.
- pero con ideas, ay.. dicen qe ah dejado una carta mui extraña.. ¿lo sabían?
- ... Pobre madre."
Mi muerte es una verguenza sin mesura, ya que yo misma me he condenado y yo misma he ejecutado la pena. Me guardan rencor por no quererlos bastante, por huir de su reino, No grabarán mi nombre en una piedra como hacen con muchos otros. Al contrario, se apresuraran a eliminarme de la superficie de la tierra. Pero hay muchos otros cuerpos que quemar. En el camino de la nada, como en todos los demás, hay qe hacer cola.
Hola. Denuevo en un Blog. =/
me gustan esté tipo de paginas, aunque no muchos entre en la mia sólo por mirar xD!, en fin.. está es mi autobienvenida =)
Desde hace un tiempo, no todo ah sido color rosa pa' mi.. me han costado un poco mucho las cosas.. y las situaciones cada vez se me hacen más dificiles.. y las idas al medico .. cada vez más constantes..
En fin, saludos para los qe qieran un saludo!.
beso! (K)!