Una carta no puede afectarla más. La cáscara de su cabeza no se abre a causa del remordimiento. Mi muerte basta por sí sola para probar que ella es inocente y yo más ingrata que nunca. He franqueado una frontera prohibida a los jóvenes. Mamá no quiere saber nada de la muerte, como tampoco quiere saber nada de los hombres que me gustan. Morir joven es violar las leyes divinas. Es más inmoral que mostrar las piernas.

--Quédate un poco más con nosotras-- me dice la abuela--. No soportamos ese silencio infinito con que sepultas los ruidos de tú alma. Es necesario que hables. Puedes maldecir a tu pobre madre, si lo prefieres, maldecir a todo el mundo y llenarme de injurias. ¡PERO HABLA! Descarga tu dolor sobre nuestra cabeza. Tú viaje será más fácil. Y nosotras no tendremos que consolarnos de otro modo...

--Habría preferido reemplazarla, irme antes que ella-- Murmuraba la abuela.

Mamá deja de sollozar. Reflexiona unos segundos y asiente con la cabeza. Percibo un movimiento en sus labiod. Oigo mal. Pero adivino sus plabras: "Sí, suegra, raramente tienes razón, pero estoy de acuerdo en ese punto..., deberías haberte ido antes que ella.

Trago aire y contengo la respieración para que me dé fuerzas. Me sumerjo. Quiero acercarme a mamá. También me gustaria poner la mano en su hombro inaccesible. Pero el humo me rechaza constantemente. En la frontera entre la vida y la muerte, este humo se comporta como un guardián implacable. El olor del incienso de sofoca, el humo me ciega. Entonces me doy cuenta de las concecuencias de mi acto. Estoy ya en el exilio. El regreso es imposible. Imposible, sólo sería un breve instante, con la sincera intención de tocar el hombro de mamá por última vez. Ya esta demasiado lejos, prisionera en esta sala desnuda, inclinada sobre ese cuerpo que quiere reconocer, que nunca ha reconocido.