Yo no quería, por ejemplo, oír hablar de los psicólogos que consideraban a todo el mundo enfermo. A mí me parecían enfermos ellos, más enfermos que papá, profesor las veinticuatro horas del día. Esta gente tenía una visión muy particular. Cuando miraba a alguien, no veían más que su cerebro. Y el cerebro es un trozo de carne húmeda que decididamente no es más bello que otros trozos de carne, ni más limpio.
Yo tenía un poco de miedo de caer en sus manos, de que comprobaran el funcionamiento de mi cerebro una vez que el suicidio hubiera fracasado. En caso contrario, mi mayor temor concernía a mis amigos. Su piedad y su confunsión, pensaba siempre, sería difíciles de digerir por mi alma. Pero mi alma, ¿se merecía más atención que mi cuerpo? , ahora bien, mi abuela aseguraba que las almas son más ligeras que los cuerpos.
Ahora, flotando bajo este humo de incienso que da vértigo, me doy cuenta de que la abuela tiene razón, aunque la gente no lo quiera creer. Todos se pegan a la vida como las plumas del pájaro sin comprender la insignificacia de su peso. Aborrecen a quienes prefieren desembarcar, abandonar una vida que no poseen, saltar a un vacío que por lo menos dura. Los ausan de debilidad para probar su propia entereza. Se permiten juzgar a los muertos. Así, de una época a otra, hay muertes diferentes: pesadas o ligeras, heroicas o cobardes, valiosas o inútiles, virtuosas o inmorales.
La muerte se ha convertido en una cosa cualquiera a la que le atribuyen un precio que varía según su humor.

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